Alerta Spoiler
En el final de El perfume, la novela de Patrick Süskind que casi todo el mundo leyó por lo que no me remuerde la conciencia citar los últimos párrafos, una multitud iracunda lincha y devora a Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista. Este hombre tiene un superpoder y una superdebilidad (disculpen los superlativos, ahora que hay tanta gente interesada en explorar las partes íntimas de los superhéroes, me parece adecuado utilizar esta terminología): tiene el olfato absoluto pero, maldición de maldiciones, él mismo no tiene un olor propio, lo que equivale a decir que no tiene identidad.
Grenouille es un ser despiadado, un psicópata que solo piensa en su satisfacción y, en tanto ya ha causado toda la muerte y todo el dolor que era posible (a lo largo de quinientas páginas), la única opción disponible era crear las condiciones para su propia disolución: “Podía hacer todo esto cuando quisiera; poseía el poder requerido para ello. Lo tenía en la mano. Un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte; el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos. Sólo una cosa no estaba al alcance de este poder: hacer que él pudiera olerse a sí mismo. Y aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo… si él mismo no se podía oler y, por lo tanto, nunca sabía quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume”.
La escena final es, literalmente, apoteósica: el protagonista se acerca a un grupo de asesinos y ladrones que se reúne alrededor de una fogata, se une a ellos, se baña en su perfume y, estos hombres y mujeres marginales, hipnotizados por la fragancia se abalanzan sobre Grenouille a quien consideran un ángel: “En un tiempo muy breve, el ángel quedó partido en treinta pedazos y cada miembro de la chusma se apoderó de un trozo, se apartó, e impulsado por una avidez voluptuosa, lo devoró. Media hora más tarde, hasta la última fibra de Jean-Baptiste Grenouille había desaparecido de la faz de la tierra”.
Cuando el horroroso festival termina, dice el narrador: “estaban todos un poco turbados y no se atrevían a mirarse unos a otros. Todos, tanto hombres como mujeres, habían cometido ya en alguna ocasión un asesinato u otro crimen infame. Pero ¿devorar a un hombre? De una cosa tan horrible, pensaron, jamás habían sido capaces. Y se extrañaron de que les hubiera resultado tan fácil y de que, a pesar de su turbación, no sintieran la menor punzada de remordimiento. ¡Al contrario! Aparte de una ligera pesadez en el estómago, tenían el ánimo tranquilo”.
Y un poco después, exactamente al final de la obra: “Cuando por fin se atrevieron, con disimulo al principio y después con total franqueza, tuvieron que sonreír. Estaban extraordinariamente orgullosos. Por primera vez habían hecho algo por amor”.
No hace falta que diga que vivimos una época de turbas que se enfurecen y que se comportan de manera absolutamente brutal, que participan gustosamente de un festival carnicero, de alineaciones fáciles, verticales. Solo que en lugar de reunirse alrededor de una hoguera, lo hacen virtualmente, a través de redes y utilizando clichés: “Hay que arancelar” “Están adoctrinando con nuestra plata”, pero no se preguntan quién educará a sus hijos a sus hermanos, ni quién los atenderá en los hospitales o quién les construirá sus casas ni, mucho menos, en qué universidades estudiarán ellos mismos, sus vecinos…finalmente, ni siquiera les interesa preguntarse dónde aprenderán y se perfeccionarán los profesores que darán las clases en las universidades privadas con las que sueñan. Porque, hay que decirlo, esas universidades no piensan financiar ni con un centavo la formación de sus docentes.
¿Y qué tiene que ver El perfume? Ahora sí, alerta spoiler: cuando dentro de un tiempo el hipnótico ángel de la economía deje de refulgir, cuando sea devorado (porque él mismo sabe que ese es su destino), los que queden, los que hayan participado de la bacanal, difícilmente podrán justificar haber apoyado el intento de destrucción de la universidad pública o del CONICET. “Lo hicimos por amor”, dirán. Sí, pero por amor a alguien que “nunca sabía quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo”.


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