Cometierra: pornografía, violencia y corrupción moral en el canon escolar argentino
En las últimas semanas trascendió la noticia de que un docente de literatura de una escuela secundaria de Mendoza fue apartado de su cargo y denunciado penalmente (por “corrupción de menores”) por los padres de sus estudiantes. El crimen del docente fue haberles propuesto la lectura de una novela que se llama Cometierra (de Dolores Reyes, una escritora argentina contemporánea).
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| (Cometierra de Dolores Reyes) |
Como la polémica es inútil y simplemente supone gritos de un lado y del otro, me parece que podría ser redituable analizar algunas obras de la literatura que, para el canon escolar argentino son clásicos indiscutibles (entre otros argumentos recurrentes los detractores se preguntan si la escena de Cometierra denunciada es “literatura”) para tratar de comprender si el problema está en el “fondo”, en “la forma” o en la recepción. El abordaje podría dar como resultado una idea más concreta sobre los intereses y problemas que se tensionan detrás de las acusaciones cruzadas. Por supuesto, esto no habrá de apaciguar ningún tipo de reacción violenta frente a la obra en cuestión, ya que la práctica de la crítica demuestra que es muy difícil retroceder una vez que se avanza en el camino de la censura.
En todo caso, la novela ha sido cuestionada por el contenido sexual explícito, particularmente el de una escena, en la cual una narradora mujer describe minuciosamente un encuentro íntimo con un hombre llamado Ezequiel. La escena no es violenta, más bien todo lo contrario, hay un trato relativamente tierno por lo que podríamos deducir que lo que molesta son las descripciones detalladas, como por ejemplo:
Una mano seca y la otra mojada me agarraban firmes. Quería verlo cuando entrara. Quería acariciar su espalda que estaba encima de mi cuerpo. Ezequiel se tomó un tiempo para mirarme a los ojos. Después, sus ojos se fueron perdiendo, y los míos también. No lo vi empujar, meterse, presionar contra mí, agarrarme fuerte con las dos manos el culo y empujar de nuevo.
Se discute si es pornografía o si es literatura, lo cual es un absurdo porque, evidentemente, los dos chicos están teniendo relaciones sexuales pero también están alcanzando un entendimiento sobre la existencia que va mucho más allá. Para decirlo con mayor claridad, en una lectura elemental, podemos elegir centrarnos en sustantivos como pija, tetas, culo, etc. y en verbos como chupar, meter, mojarse, empujar que abundan en la página; pero también podríamos observar, si quisiéramos y si tuviéramos la predisposición a hacerlo (lo cual no es fácil, porque para ello hay que pasar a otro nivel significativo, no explícito en la superficie del texto), que la chica y el chico que protagonizan la escena están descubriendo algún misterio al verse a los ojos, al dejar luego que esas miradas se pierdan, ¿qué hay en esos ojos que miran y se pierden? ¿qué clase de dolor? ¿qué fantasía? ¿qué ausencia es la que vive en esas pupilas?
Hablando de “culos” recordé esta escena, de otro clásico de las escuelas secundarias argentinas:
Llegó dando de empujones a las puertas, cerrándolas a golpes, con estrépito, como cantan los cobardes para infundirse valor. Entró a la sala, pasó por la antesala, penetró hasta el aposento de su mujer despierta aún:
—¿Me firmas el pagaré, me entregas el dinero, sí o no?
—No.
—¿No?
—¡Una y mil veces no!… Soy la dueña yo, me parece…
—¿La dueña, dices? De tu plata, pero no de tu culo, ¡de ese soy dueño yo!…
Y arrojándose sobre ella y arrancándola del lecho y, por el suelo, a tirones, haciéndola rodar, dejó estampados los cinco dedos de su mano en las carnes de su mujer.
—¡Miserable! —gritó Máxima corriendo desaforada, yendo a ocultar su vergüenza—. ¡Miserable! —oyósela que exclamaba desde la habitación contigua—. ¡Miserable, miserable! —repetía más allá, brotaba palpitante esa única palabra de su labio, como sangre que fluyera de la herida mortal de su pudor.
Él, entretanto:
—Andá no más, hija de mi alma… no son azotes… —gruñó—, ¡te he de matar un día de estos, si te descuidás!
El pasaje es el final de En la sangre (1887), la novela de Eugenio Cambaceres que se estudiaba en los colegios argentinos hasta no hace tanto tiempo. Los personajes son Máxima, mujer de familia patricia y dueña de una fortuna, que se ha casado con Genaro, hijo de un inmigrante italiano que resulta ser (¡porque lo lleva en la sangre!, de ahí el título de la novela) un crápula que solamente quiere parasitar el dinero y la posición social de su esposa. Este último episodio de la novela implica, sin embargo, un elemento novedoso en la obra: el paso hacia la violencia física y sexual y, fundamentalmente, el anuncio de un posible asesinato. En contraste con Cometierra, la escena es menos exuberante (por ejemplo, apenas se registra el uso del sustantivo culo una sola vez), aunque la legitimación de la violencia es cabal. No hay un uso tierno del registro, sino que por el contrario, aparece la intimidación en todo su potencial de muerte y aniquilación: sin un espacio reflexivo que permita la mediación de estos contenidos, en el aula de una escuela por ejemplo, el lector podría pensar que es lícito que un hombre le diga a su esposa que su “culo [el de ella] le pertenece [a él]”. Asimismo, sin un adecuado abordaje, los lectores podrían también considerar que Cambaceres tiene razón y que todos los migrantes italianos son como Genaro, porque “lo llevan en la sangre” (una equivalencia más actualizada: el insulto “negros de mierda”, que se refiere a esos que “son negros de alma, no de piel”). Esta literatura, cuya seriedad nadie pone en duda y cuya persistencia en los programas de estudios de los colegios secundarios es rastreable, como decía antes, hasta épocas recientes, no genera ningún tipo de escándalo ni denuncia, lo mismo que los insultos racistas que podrian asociarse al discurso de la novela.
El naturalismo de Cambaceres, aunque parezca extraño, no está estéticamente tan alejado del realismo post-2021 de Dolores Reyes y las crisis que reflejan cada una de las obras podrían leerse como pares complementarios, aunque, claro, para eso habría que sacar la mirada de los sustantivos y de las acciones antes detallados.
Por cierto, y volviendo a las partes pudendas de nuestra literatura nacional, recuerdo en mi paso por la escuela secundaria haber trabajado con los estudiantes “El matadero” de Esteban Echeverría. En el que es considerado el primer cuento de la literatura argentina puede leerse este fragmento que cito in-extenso:
-Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa.
Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros.
-Primero degollarme que desnudarme; infame canalla.
Atáronle un pañuelo por la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.
-Átenlo primero -exclamó el Juez.
-Está rugiendo de rabia -articuló un sayón.
En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando: -Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.
Sus fuerzas se habían agotado; inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmobles y los espectadores estupefactos.
-Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.
-Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro.
-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio -exclamó el juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.
En el fragmento no figura el sustantivo culo, aunque hay una frase sinonímica que cumple la misma función (“nalga pelada”) a la que “hay que darle verga” para escarmentar al joven unitario que fue capturado por los federales del matadero. La escena es brutal, el muchacho no puede hacer frente a sus captores que, además de bestiales lo superan en número, y que lo humillan desnudándolo. El pobre revienta de rabia, habiendo sido víctima de un abuso aberrante. No hay aquí ningún tipo de reflexión, Echeverría ha volcado toda su indignación sobre el rosismo a lo largo del cuento, pero en esta parte se limita casi exclusivamente a narrar, como dejándole por cuenta propia al lector el camino de la empatía y de la cólera. Supongo que también aquí resulta imprescindible algún tipo de mediación, ya que un lector desprevenido podría imaginar que, por ejemplo, el recurso de la violencia política y hasta de la sodomización de los enemigos es lícito, ya que aparece en uno de los textos centrales del canon literario argentino.
No tuve problemas en la escuela cuando enseñé “El matadero”, imagino que nadie se interesa demasiado en una violación colectiva que, ciertamente, es bastante parecida a los ritos iniciáticos o “bautismos” que son moneda corriente en equipos de rugby, en el ejército, en la policía. En cambio, por esos días, una colega que trabajaba en el mismo colegio no tuvo tanta suerte: tenía que leer con sus estudiantes otro clásico de los cánones de la secundaria, Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. A mi compañera la echaron porque los padres del curso donde ella daba clase se quejaron porque les explicó a sus estudiantes el significado de la escena en que Ángela Vicario, presuntamente consumado el matrimonio la noche anterior, tiende al sol y para que todos la vean, una sábana blanca manchada con sangre. La echaron y su caso no trascendió, como no trascienden cientos de casos similares, lo cual es escandaloso porque da la idea de que el sistema puede poner y sacar docentes a demanda sin mayor explicación que la de una petición de los padres.
Crónica de una muerte anunciada ha funcionado como novela orientada a la adolescencia, a pesar de que en ella una mujer (Ángela) es “devuelta” a su familia por no ser virgen, es castigada físicamente por sus padres y “condenada” a quedarse soltera. Finalmente, en defensa del honor familiar, sus hermanos asesinan violentamente al hombre que la ha “deshonrado”. El uso del lenguaje es mucho menos estridente que en los textos anteriores (de hecho es una “crónica”, que casi siempre se caracteriza por un uso sobrio de la lengua). Tampoco hay en esa secuencia de acciones horrorosas una reflexión sobre la violencia sexista de la cual Ángela resulta víctima (de hecho, casi podríamos decir que la violencia es avalada y que ella es “culpable” incluso del asesinato que ejecutan sus hermanos) y la novela resulta valorada, fundamentalmente, por el ambiente pueblerino en el que la acción se ambienta y la consecuente fascinación por el subdesarrollo material en el que los personajes se mueven.
Una buena pregunta es por qué un texto así llegó a estar en los cánones escolares durante tantas décadas. Independientemente de que su autor sea uno de los escritores más importantes de la literatura universal, la hipótesis que puedo formular frente a ese interrogante gira en torno a dos factores: uno, el pedagógico, es el uso del registro cronístico, que es parte de los intereses en los que la escuela secundaria fija su atención educativa. Segundo, desde una perspectiva sistémica, el texto resulta ser un producto típico de la mirada europea sobre América Latina. Es decir, su inclusión en los cánones refuerza sin ningún matiz ni atenuante, las ideas predominantes sobre el tipo de cultura y el tipo de sujetos que habitan el territorio latinoamericano. Esa operación canonizante debería ser, al menos, objeto de análisis crítico justamente por parte de las escuelas y de los cenáculos de padres.
No puedo avalar, por lo tanto, la idea de que todo este escándalo y esta persecución tenga algo que ver con el pasaje cuestionado de Cometierra, que, en su “contenido” y en su uso léxico es cercano al de, por ejemplo, las canciones que los mismos adolescentes cuyos padres hicieron las denuncias escuchan a diario en actividades como las presentaciones de buzos y otras de naturaleza similar, que suelen organizarse dentro de los edificios escolares (vale la pena aclarar que las letras aludidas se caracterizan, a diferencia de Cometierra, por una exhibición descarada de estereotipos sexuales, raciales, sociales de toda índole).
El breve análisis de obras que
hemos elegido supone, en cambio, una realidad hiperconocida para cualquier estudiante
de letras de cualquier universidad del mundo: todo lo que sucede tiene un
sustento ideológico. El problema no está “en” la obra ni en la elección de la
obra, ni en el docente que la compartió con sus estudiantes. La indignación es
ideológica, porque no funciona siempre igual (al menos no aplica ni en
Cambaceres, ni en Echeverría ni en García Márquez, ni en las letras de
reggaetón). El problema está en la recepción, en el contexto, en el deseo
aniquilador que pretende, programáticamente, aplanar las interpretaciones sobre
realidad en la que vivimos. El miedo, inconfesable, de entender que siempre hay
una incógnita, una mirada que se pierde y cuyo contenido es irrecuperable.


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