No soy yo


Hay un problema conceptual en torno a los efectos del antisemitismo o judeofobia y, fundamentalmente, en cuanto al tipo de respuestas y las responsabilidades sociales al respecto.

El antisemitismo no es un problema judío: es un problema cultural de la sociedad en general, del que los judíos somos víctimas. La solución no la tenemos que aportar nosotros, aunque podamos colaborar.

La judeofobia tiene grados de desarrollo y tiene una historia tan larga, que se ha convertido en un campo independiente, al modo del campo cultural descripto por Pierre Bourdieu. Es decir, a medida que se ha desarrollado ha ido adquiriendo una lógica y una dinámica propias, ha generado sus propias reglas, el discurso judeofóbico se ha vuelto autónomo, en definitiva. Esa complejidad es la que obligó a uno de los antisemitas más conspicuos de la historia de la literatura argentina a tener que escribir un párrafo tan ridículo como este:

“Nadie ha perfeccionado tanto el sistema capitalista, como los banqueros judíos, Rothschild, etc.

Y nadie lo ha condenado con más acerbidad que los economistas judíos, Marx, etc.

El judío es conservador y es revolucionario. Conserva con tenacidad sus instituciones, pero tiende a destruir las de los otros.

Es patriota, como ningún otro pueblo, y al mismo tiempo fácil para abandonar la patria. Se le encuentra en todas partes, pero no es asimilado por ninguna.

Y la razón es simple: la patria real del judío moderno, no es la vieja Palestina; es todo el mundo, que un día u otro espera ver sometido al cetro de un rey de la sangre de David, que será el Anticristo”.

Wast, Hugo. Kahal-Oro (Prólogo, 1935).

Digo que es ridículo porque la experiencia de la realidad y el sentido común dicen que no hay manera de sostener las ideas estereotipadas acerca del colectivo sin caer en contradicción, lo que obliga al "pensador" antisemita a ejecutar una pirueta discursiva mortal.

Sin embargo, el asunto de la ridiculez se vuelve más problemático (porque simpático, aunque lo parezca, no es) si consideramos que Martínez Zuviría (tal el nombre real de Wast) fue uno de los intelectuales más renombrados de su época, llegando a ser director de la biblioteca nacional durante más de veinte años. Por cierto, también fue ministro de justicia y educación de la dictadura de Ramírez, al final de la Década Infame.

Pero volvamos al asunto: el párrafo de Wast nos permite recordar una cuestión esencial, el antisemitismo está inserto en esas estructuras de pensamiento que se manifiestan a través de un singular que es, en realidad, un colectivo. El judío de Wast es todos los judíos… quiero que se entienda bien, disculpen la insistencia. Repito y resalto: el judío de Hugo Wast es TODOS-LOS-INDIVIDUOS-JUDÍOS-DEL-MUNDO, todos, absolutamente todos, sin distinción funcionando, según esta perspectiva, como un organismo colectivo con un principio organizador total. Traduciendo estas ideas, “el” “judío”, entonces, no es un individuo, con intereses, personalidad, principios, no es un ser ético…“el” “judío” es, por el contrario, una célula que responde a un organismo que lo determina y que organiza su principio vital en torno a un objetivo superior.

Se revela así, al menos parcialmente, una lógica que reside en la base de una de las materializaciones más cínicas del odio antijudío, a saber: “cómo voy a ser antisemita si tengo amigos judíos”. Y hay algo importante que decir al respecto: hay gente que, efectivamente, no es antisemita en términos estructurales (como Hugo Wast) y, sin embargo, tiene comportamientos o pensamientos que, en alguna de sus facetas, sí lo son. Lo lamento, no los acuso, no creo que sean malos, pero están pensando con argumentos que son antisemitas.

¿Qué significa todo esto en el contexto actual? Puntualmente es obvio que hay un crecimiento de la judeofobia y que ese crecimiento se da a partir de un argumento, falaz y muy peligroso, según el cual las acciones del Estado de Israel generan una respuesta antisemita incluso en gente que no es antisemita. La lógica es “ojalá Israel pare sus acciones en Gaza porque hay mucha gente que está reaccionando en contra de los judíos”. Para hacerlo más explícito, podríamos formularlo en primera persona: yo no te odiaba, pero ahora sí, porque estoy en desacuerdo con lo que hace Israel (que es un país judío, igual que vos). O, lo que pone las cosas en un orden todavía más pornográfico: “yo quiero quererte, pero Israel me obliga a odiarte…¿podrías ser un poquito menos judío?”.

Lamentablemente, tengo que decir que no hay cómo justificar un acto de odio, por pequeño que sea, a partir de lo que haga Israel: eso es un comportamiento manifiestamente antisemita (no tiene otro nombre) y, de hecho, es replicar explícitamente la idea de Wast de que el judío “es patriota, como ningún otro pueblo, y al mismo tiempo fácil para abandonar la patria. Se le encuentra en todas partes, pero no es asimilado por ninguna”, es, hay que decirlo también, la idea de una judeidad internacionalista apátrida.

Curioso, si tenemos en cuenta que quienes más están utilizando este tipo de argumento responden a grupos sociales y políticos que se identifican con el progresismo en general y con la izquierda en particular. Seguramente, gran parte de los que hoy sostienen orgullosamente esos argumentos y contribuyen voluntariamente a abonar el sustrato del odio antijudío más rancio, habrán celebrado cuando hace unos años, en medio de un escándalo, la hemeroteca de la Biblioteca Nacional cambió su nombre de “Martínez Zuviría” a “Rodolfo Walsh”. Al fin de cuentas, Josefina Ludmer tiene razón (como siempre) cuando dice que el antisemitismo (aunque ella no dice “antisemitismo” ni “literatura antisemita”, sino que dice “el cuento de los judíos”), “sería el artefacto que pondría en relación los sujetos liberales y los antiliberales”. Es decir, ser antisemita es una forma de vincularse amistosamente, un lugar de encuentro y sociabilización con los adversarios ideológicos más irreconciliables: derecha e izquierda, fascistas y demócratas, feministas y machistas se sienten cómodos compartiendo un espacio simbólico, el antisemitismo, y lo disfrazan de indignación por lo que hace Israel. A esta altura ya no me extrañaría enterarme que la izquierda argentina recomienda la lectura de Kahal-Oro para luchar en contra del plan judío de dominación (ya ni siquiera me esperanzo con que puedan distinguir entre israelí y judío).

Ahí voy de nuevo, perdón por la insistencia, pero en definitiva siento que me juego la vida: no hay forma edulcorada ni racional de justificar esa forma de pensar, esos posteos, esos cantitos, esos argumentos. Solamente hay una explicación y la pueden leer en Wast, Hitler, Ford o en un montón de Tweets que se publicaron hace cinco minutos y que son compartidos gustosamente por miles de usuarios.

 El único internacionalismo eficaz, perdurable, transideológico es el antisemitismo, que no es mi problema. Es de todos.

 

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