Fingir demencia

De repente algo se rompió. Me doy cuenta porque traté de explicar lo que me pasaba escribiendo un breve texto y recibí muchísimos mensajes de gente, incluso muchas personas a la que no conozco, para decirme que se había sentido identificada con mis palabras.

Muchos amigos queridos me llamaron para preguntarme cómo estaba, para acompañarme. Sepan que los quiero y que voy a recordar ese amor siempre.
Otras personas cercanas, no solo hicieron un silencio inexplicable si no que, incluso, publicaron o me enviaron mensajes que me parecen directamente provocaciones en el contexto en el que estamos. ¿Serán provocaciones? ¿Será que no entienden lo que se juega acá en términos emocionales para muchos de nosotros?
Lo que sigue es para esa gente. Y es para mí, también: no quiero pensar dentro de un tiempo que no dije lo que había que decir.
No se trata de que hayan atacado a Israel, eso ha pasado muchas veces y, si bien siempre es preocupante y de algún modo implica un compromiso emocional, nunca deviene una crisis de angustia como la que muchos estamos atravesando en este momento (no soy el único). Más bien, en general, me despierta un sentimiento de enojo hacia las autoridades políticas y militares israelíes y sobre los líderes de Hamas y Hezbollah.Tampoco es la primera vez que me toca pasar, en términos colectivos, por un acto de violencia antisemita masiva.
¿Qué es entonces? ¿Por qué esta especie de respuesta intelectual y emocional tan violenta, que literalmente se está apoderando de toda la realidad?
Yo, al menos, presumo una explicación. Los judíos aprendemos, desde que tenemos memoria, que hay gente que no nos quiere ni querrá nunca y ese rechazo se vuelve un eje de nuestras vidas. Sabemos que los argumentos que sustentan ese discurso son siempre falaces, totalmente infundados, pero al mismo tiempo siempre persistentes. Vivimos en esa tensión permanente de saber que es injusto pero de ya no tener ganas de explicarlo, porque es en vano.
A tal punto es fuerte esa experiencia, que podría sostenerse que gran parte de la identidad judía es defensiva. Sin embargo, en el siglo XXI, en la mayoría de los países occidentales, hemos logrado conjurar ese miedo: en general, sabemos que el antisemitismo existe, conocemos las historias de nuestros antepasados e, incluso, cada tanto nos toca escuchar alguna frase de odio (hace tiempo conté acá mismo una anécdota al respecto) o leemos sobre algún ataque contra judíos en algún lugar más o menos cercano. Es más, muchos de nosotros vivimos el cambio irreversible que significó el atentado a la AMIA en el seno de nuestras comunidades. Y aún así, a pesar de que se trata de una experiencia totalmente singular que casi no tiene comparación con las de otros grupos humanos, en principio sabemos que estamos a salvo.
Lo que pasó el sábado niega de plano eso: ya no estamos a salvo y la amenaza es diferente. El antisemitismo dejó de ser un concepto teórico, algo lejano, eventual, y se volvió una realidad potencialmente aplicable sobre nosotros, sobre nuestros cuerpos y, en términos mucho más inmediatos, sobre nuestras psicologías.
Pasó en Israel, y aunque sea difícil de entender, no fue un ataque contra israelíes, fue un ataque contra judíos. Fue un acto de antisemitismo que se solapa en el marco de un conflicto territorial. Lo que pasó el sábado abre el camino a formas de violencia que nos incluyen como individuos. Otra forma de decirlo, para los amantes de Foucault y el uso de terminologías más o menos cool y muy recortadas: el antisemitismo es un dispositivo de biocontrol que se acaba de reconfigurar de un modo tan particular, que dispara todas las alarmas paranoicas referidas al pasado, en especial porque ha vuelto a una de sus formas más precarias y sanguinarias: el pogrom.
Lo pongo en en el plano personal, concreto, íntimo, para que nos salgamos de la teoría y hablemos de individuos: desde el sábado 7 no puedo dormir de corrido y me despierto angustiado a mirar si en mi teléfono hay novedades.
Otro: desde el sábado 7, por cualquier tipo de estímulo, me sobreviene una sensación de peligro inminente e inmediatamente se superponen imágenes de peligro. Siento una pasividad culpable, como si estuviera en falta. ¿Cómo se llama eso? Se llama culpa del sobreviviente y es un fenómeno demasiado bien descripto como para que tenga que explicarlo acá. Es algo que no había sentido nunca antes. Comparto esta nueva experiencia con otras personas de mi entorno.
Otro: se me cruzan frente a los ojos todo el tiempo las imágenes aterradoras que no sé por qué me obligué a ver antes. Uno pensaría que con eso es suficiente, pero no: apenas el feed de mis redes sociales me ofrece la posibilidad de ver alguna otra, la miro, como si necesitara seguir comprobando que, efectivamente, eso sucedió, de que todas esas cosas pasaron sobre cuerpos reales.
Al mismo tiempo veo cómo en las redes aparecen comentarios que explican con una soberbia típica de la época que esto es, en realidad, una manipulación mediática. Entre mis contactos, hasta ahora, esos comentarios son incipientes pero es evidente que esas personas ya entraron en un camino que lleva directo a la negación. Frente a eso, a esa falta de criterio y a esa explícita voluntad de relativizar muertes de civiles, yo solamente les digo que no se indignen después, cuando tenemos que escuchar a políticos argentinos que hablan de "una guerra con excesos" en lugar de genocidio, porque ustedes no solamente están haciendo lo mismo, sino que están avalando el mecanismo de negación.
Más o menos en el mismo lugar hay que colocar el argumento de la asimetría en cuanto al tratamiento del tema por parte de la prensa (esa idea de que a Israel lo encubren y, por supuesto, el clásico de que los judíos tienen el control de los medios). No puedo creer en una inocencia adánica en todo esto, que no vean cómo las justificaciones que reproducen implican un giro deshumanizante sobre las víctimas: siempre hay una excusa útil para masacrar judíos.
Supongo que vale el esfuerzo de insistir: no fue una acción de defensa de nadie, eso no glorifica ninguna resistencia. Eso fue una matanza de judíos civiles, indefensos.
No hago un llamado a mis contactos, porque cada uno sabe. Y además no me gusta el tonito profético que abunda en las redes sociales.
No les pido que borren posteos. Hagan lo que quieran y, si cabe, nos dejaremos de seguir y de saludar. Y, en otros casos, no nos saludaremos nunca.
Tampoco voy a discutir sus análisis históricos, sus mapas, sus justificaciones, su fervorosa solidaridad, todo con un tono de expertos que realmente les envidio: les envidio la capacidad de vivir tan conformes con sus propias opiniones. Sus intentos por explicar lo que no se puede explicar (el pogrom) y la irresponsabilidad de establecer comparaciones entre hechos históricos que no tienen nada que ver unos con otros, me dan otra pauta muy clara de lo que están realmente haciendo y eso los deja muy mal parados ante mis ojos.
Vamos a decirlo otra vez: están justificando un asesinato masivo de civiles judíos.Más específicamente, me genera mucho rechazo su nula empatía con los muertos, torturados y secuestrados judíos (que no impide, por cierto, sentir solidaridad con los gazatíes y estar devastado también por lo que sucede allí...justamente, de eso se trata y no se me cae nada por decirlo). Adicionalmente, en un giro ególatra, podríamos agregar lo llamativa que es su falta de consideración con todos los que estamos cerca y compartimos lugares con ustedes y estamos atravesados irremediablemente por todo este miedo. ¿Qué necesitan? ¿Más pruebas? ¿Algún atentado? ¿Y todo eso para qué? ¿Para seguir poniendo en duda las muertes y el sufrimiento ajenos?
Su narcisismo es mucho más real que su solidaridad con nadie.Ustedes, si quieren, finjan demencia y sigan para adelante. Yo no.


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