Día del padre
Habrá sido en el 95 o en el 96. Llamé por teléfono a mi
tío José porque yo tenía unos cuentos escritos y quería ir a un taller literario. Me dijo
que hablara con la Patricia Rodón. Antes de cortar también me dijo: “Ah, y comprate un
libro que están vendiendo en los quioscos, se llama Nadar de noche”. Escribí el
apellido del autor en uno de los tacos anotadores que le daban a mi viejo en la
AFJP en la que trabajaba en ese momento.
La llamé a la Patricia para darle mis cuentos y me dijo que
nos encontráramos en la Feria del Libro porque ella tenía que ir a cubrir una
presentación. Me pasó las coordenadas y quedamos. La Feria se hacía en ese
espacio ridículo que habían inventado al costado de la Terminal de Ómnibus.
Como llegué tempano, me puse a dar vueltas por ahí para buscar Nadar de noche.
No lo conseguí porque lo vendían solo en los quioscos. Me compré La invención
de Morel a seis pesos con cincuenta. Al rato empezó la presentación: en la
carpa no había casi nadie (con suerte diez personas despatarradas en unas
sillas de plástico blanco) y hacía un frío espantoso. Entraban correntadas de
viento bastante helado y casi no se escuchaba lo que hablaban porque el equipo
de sonido era malísimo y porque la Feria estaba fatalmente rodeada: por uno de
los costados, llegaba todo el ruido desde el último tramo del Acceso Este y,
por el otro, arreciaban los motores de los colectivos que salían de la
Terminal. El que estaba hablando era José Donoso, que había venido a presentar
Donde van a morir los elefantes. Inesperadamente yo sabía quién era: en la
escuela me habían hecho leer uno de sus cuentos (“El hombrecito”) y me había
encantado y no podía creer estar frente al autor. Donoso contó esa parte de su
vida en la que se fue a hacer el “viaje Che Guevara” por el sur, renegando de
la fortuna familiar…y también contó cómo la fortuna familiar lo tuvo que
rescatar, cuando casi se murió de frío o de bronquitis, no me acuerdo.
Apenas terminó el evento, la Patricia me presentó a Donoso
(que además estaba con Carmen Barcells) y nos quedamos hablando un buen rato.
La Patri le dijo que yo escribía y él me preguntó “¿escribe cuentos el joven?”
y yo casi exploté de la vergüenza. Me invitaron a cenar con ellos, pero no
acepté, era imposible, no podía casi hablar de la timidez. Después de un rato
me despedí. A la salida, de camino a mi casa, pasé por un quiosco de la
terminal donde sí pude encontrar Nadar de noche. Recuerdo la lectura de ese
libro como un relámpago: algo apareció iluminado, algo que quedó para siempre grabado.
Desde entonces Forn.
Con el tiempo descubrí otros textos suyos, especialmente las
contratapas: durante muchos años mi amigo Martin y yo tuvimos la costumbre de
mandárnoslas los viernes para poder comentarlas y también de conseguir algunos
de los libros que aparecían mencionados ahí. Después también vinieron las
novelas, que fui encontrando de a poco y que me gustan porque son un modo muy
suyo de exponerse o de confesarse o de cagarse de risa de sí mismo y que por
momentos son contratapas pero más sofisticadas: las historias del abuelo Forn,
de la abuela Domecq, del almirante Domecq García cuentan, al mismo tiempo, su
propia historia personal, la de su familia (la de la decadencia de su familia),
la del país. Son una genealogía delirante que, pensándolo bien muchos años
después, me resultan muy afines a las genealogías de José Donoso y también a
las de Mujica Lainez.
Pero los cuentos que descubrí esa vez en el 95 o en el 96.
Esos cuentos: sé que me dirán que hay otros escritores
mejores y yo sé que hay mejores cuentos para elegir, técnicamente mejores y
todo eso. Pero yo siempre quise escribir cuentos como los de Juan Forn, porque
esos cuentos fueron una revelación. Desde que leí Nadar de noche, siempre quise
poder escribir cuentos así. Y fantaseaba con conocerlo a Forn y contarle esa
historia: que el día que compré Nadar de noche lo conocí a Donoso en una
terminal de ómnibus y también que leía con veneración sus contratapas desde
hacía varios años y que había disfrutado con una felicidad infantil el novelón
de su bisabuelo y que, de solo leer todo eso, él mismo, Juan Forn, me caía tan
perfectamente bien.
También le quería contar esta historia: cuando leí Nadar de
noche por primera vez, el cuento que menos me gustó fue, justamente, “Nadar de
noche”. Me encantaba el título, pero el cuento no me parecía el mejor: un tipo
que habla con su padre muerto…qué se yo, no era para tanto. Y esa idea me duró
varios años.
Un tiempo después de la muerte de mi papá, releí el cuento y
lo encontré bellísimo. Entonces, otro relámpago, me di cuenta consecutivamente
de que dos cosas que parecen estar en contradicción. Primero, supe lo
equivocado que había estado: “Nadar de noche” era, sin dudas, el mejor cuento
del libro. Segundo, y justamente porque estaba equivocado sobre el cuento,
entendí que antes había tenido razón: seguía queriendo escribir historias así,
que le hicieran a otro lo que los cuentos de Forn habían hecho conmigo…crecer.
Le quería contar eso a Juan Forn. Pero se murió ayer, en el
día del padre.
Quizás, si en el borde de una pileta me lo llego a encontrar
a mi viejo, le cuento a él esta historia que no le pude contar a Forn: porque,
quién sabe, tal vez él, mi viejo, le pueda dar las gracias de parte mía y
hablarle de todo esto. Y después, sí, voy a ser un poco el protagonista del
cuento:
“Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija”.



Comentarios
Publicar un comentario