No seré famoso, pero sí tristemente Sebreli

Me tendrán que perdonar. Llevo días tratando de encontrar una palabra, la tengo en la punta de la lengua, pero no me sale. La tengo, pero no. Se me antoja la mejor forma de calificar a Juan José Sebreli, pero no, no me sale. Estoy afásico: me sé la definición, pero la palabra no me sale. La tengo, quizás logro articularla en algún momento.

Igualmente no creo que valga la pena, pero un poco sí. Porque Sebreli se las ingenió durante estos meses para volver a estar, digamos, menos olvidado que de costumbre. Es un clásico: Sebreli, el típico “intelectual”, alguna vez de “izquierda”, alguna vez “peronista” (“evitista”, dice él), que desde que se hizo medio conocido se dedica a criticar furibundamente todo lo que sea “populista”. Tan funcional a los de siempre, tan tan tan malicioso. Cuando comenzó la pandemia, se concentró en instalar irresponsablemente una idea que, vaya casualidad, luego se convirtió en libro:  la desobediencia civil, la resistencia de los ciudadanos “de bien” ante las medidas del gobierno. Las consabidas comparaciones, infamantes y banalizadoras: esto es Varsovia, dijo al comentar algunas medidas tomadas por el gobierno de Axel Kiciloff (https://www.youtube.com/watch?v=eQh6SizDdMQ&ab_channel=TodoNoticias).

Las consabidas maniobras de victimización y culpabilidades: después de ejercer (o de invitar a otros a ejercerla) su irresponsable desobediencia y de contagiarse, le echó la culpa al gobierno.

En un colmo de éxtasis, a Sebreli se le murió Maradona. El ídolo que estaba vivo. Por fin, habrá dicho: era el que descuajeringaba su pulido esquema de ídolos muertos-aborrecidos. 

La hago corta, porque me da paja y porque no vale la pena (pero sería indigno quedarse callado). En 2008, Sebreli publicó Comediantes y mártires, cuyo subtítulo era “ensayo contra los mitos”. La preposición “contra”, demarcaba claramente la profundidad analítica sebreliana. Sin pena ni gloria pasó el libro, como todo lo que ha escrito desde los años 70 en adelante. El volumen pretendía analizar la naturaleza de los mayores mitos argentinos. Uno de las secciones estaba dedicada a Maradona (el único mito viviente tratado en el texto). En un cotorreo de correcto señor bien, de socio de club de gentlemen, repasa (sin pudor ante las sucesivas incoherencias) todos los lugares comunes instalados sobre Maradona. Los repite como un mantra, como si insistiendo pudiera hacerlos suceder. Lo acusa de burlar la ley, de drogadicto, de inmoral, de mafioso, de putañero. No conforme con eso, este intelectual reputado, se lanza al vacío y se dedica a hablar de las dotes de Maradona como jugador: según don Juan José, Diego Maradona fue un jugador mediocre.

Esto lo escribió en 2008. Han pasado 12 años.

Noviembre de 2020: Muerto Maradona, los pejertos de siempre fueron a buscar a Sebreli (y también a su hermana menor, que es mucho más exitosa, pero que se olvidó la dignidad en el mismo lugar que él: la Betty Sarlo, que no pudo ser Sarli por culpa de una sola letra, pero que el alma de vedette la tiene igual).

¿Qué hizo Sebreli, el gran intelectual argento, con un planeta (y no solamente con el populacho lumpen-negroide de las villas, como le gustaría a él) conmocionado por la muerte de un Maradona totalmente deteriorado, sufriente, agonizante desde hacía meses? Como era de esperarse, básicamente no hizo nada, nada nuevo. Me tomo la libertad de reconstruir mentalmente la escena: suena el teléfono. Le ofrecen una entrevista radial. Acepta. Mientras espera en línea (puedo verlo regio, en bata y pantufla), don Juan José repasa rapidito el capítulo de su libro y cuando lo ponen al aire sale a la cancha con todo, sale a predicarse a sí mismo, a predicar lo que escribió hace más de una década como si fuera la palabreja rebelada de la divinidad (habrá pensado: “ya que no lo leyó ni el editor (hay que decirlo: tiene unos cuantos errores groseros de edición) por lo menos lo recito en público”).

Y ahí se largó nuevamente, don Sebreli, a decir que Maradona  había sido un fracasado como jugador, que en Barcelona se lo quisieron sacar de encima, que su (y cito textual, para que no me acusen de exagerar) “único gol que pasó a la historia fue festejado por el nacionalismo argentino contra Inglaterra, fue el famoso gol de la mano de Dios, que fue una trampa” (https://www.clarin.com/politica/juan-jose-sebreli-salio-criticar-maradona-juego-barcelona-relacion-dictadores-mafia-italiana_0_tLi6_A_sz.html) …¿vale la pena darle cabida a un discurso de la soberbia, un discurso enunciado desde el púlpito del que sabe todo de todo (incluyendo el fútbol)? Realmente no. No estoy discutiendo con él (no estoy a su nivel tampoco). Pero me pregunto, ¿no es penoso que en 12 años no pudiera ni siquiera aclarar conceptos y corregir el error (grave entre futboleros) de confundir el gol de la mano de dios y el gol del siglo? ¿nadie pudo orientarlo? Para ponerlo en términos maradonianos: ¿su entorno no podría cuidarlo un poco más? Lo más curioso, y patético, es que le critica a Maradona su mismo pecado: “No dejó ninguna cuerda por tocar: opinó sobre todo, cantó, bailó, fue imitador, actor, stripper y hasta escritor” (201)…del inefable Sebreli, podemos decir, fue hasta comentarista deportivo.

Cuando en la misma entrevista le preguntaron, además, si frente a la magnitud del dolor ajeno y de los homenajes que arreciaban por todos lados no le parecía que estaba chapiando un poquito, él dijo, previsiblemente, que no, porque él ya había escrito sobre estos temas (se cita a sí mismo como autoridad, don Sebreli) y que su libro había sido premiado en España: es decir, la validación de su hipótesis sobre los mitos argentinos proviene de la academia española. A él le gusta hablar de populismo, yo quisiera que hablemos de colonialismo mental.

Indignado por los reconocimientos a Maradona en algunas instituciones académicas (al parecer la que más le duele es la de Oxford y, conste, dejo de lado un comentario con sesgo antisemita al respecto), Sebreli afirma: “En esta súbita adoración de los jóvenes universitarios no debería descartarse cierta humorada camp al exhibirse junto a un personaje kitsch, actitud que recuerda a la juventud dorada de principios del siglo XX, cuando estaba de moda mostrarse al lado del Negro Raúl” (188). Y creo que acá se puede apreciar el verdadero componente de toda su crítica: un problema de clase, un cóctel racista, nacionalista y, obvio, elitista. El famoso Negro Raúl (del que también se burlaban Borges y Mujica Lainez en una conversación registrada por María Esther Vázquez) fue un hombre al que los niños bien (los mismos que, alegremente, fundaron la Liga Patriótica y que un buen día de 1919 salieron a matar obreros y judíos con la complicidad del Estado nacional) utilizaban para divertirse. Según se cuenta, al Negro Raúl lo vestían con ropas elegantes (que ellos ya habían descartado) y lo llevaban a sus fiestas para emborracharlo, hostilizarlo y burlarse de él. Se sacaban fotos para exhibirlas como trofeos: “Mirá qué cajetilla, acá estoy posando con un negro vestido de dandy”. Una vez lo metieron en un cajón de madera y se lo mandaron a sus amiguitos de La Plata, para que también ellos pudieran utilizarlo algunos días. Vivía en la calle, en la esquina de Corrientes y Esmeralda. Murió en un hospital psiquiátrico. Nadie habrá sido condenado por torturar al pobre hombre: al menos no le reventaron la cabeza a patadas a la salida de un boliche. Todo muy camp, mucha inocencia y diversión despreocupada.

Sin embargo, y usando los mismos argumentos que Sebreli, no se me ocurre peor idea que la de equiparar al desdichado Negro Raúl con Maradona. Es evidente que más que una comparación objetiva, se trata de una expresión de deseo: Sebreli no soporta que el Negro Maradona no se vista con la ropa usada de la limosna de los niñitos bien y que, en lugar de eso, use la ropa “chillona” de Versace. El lugar que debería ocupar Maradona es el del otro Negro (y el de todos los negros): el de la sumisión, la marginalidad, la locura (en el mejor de los casos).

A propósito, la palabra que tenía en la punta de la lengua al comenzar era esclerótico. Pero no creo que sea el caso. Al fin, con todo ese parloteo desmesurado y anárquico, con ese ego tan incongruente y kitsch (la verdad es mucho más kitsch el culto a su propio ego que todas las ceremonias de la iglesia maradoniana), es él, Sebreli, el que se parece a Maradona. Pero no al Maradona real, sino el esperpento patético, soberbio y resentido que él, “sebrelimente tirste”, imaginó que Maradona era. Sebreli es, al fin de cuentas, el verdadero personaje de su ensayo: el Negrito Raúl de la Academia con el que la decadente sociedad intelectualoide quiere sacarse una foto.

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