No seré famoso, pero sí tristemente Sebreli
Me tendrán que perdonar. Llevo días tratando de encontrar una palabra, la tengo en la punta de la lengua, pero no me sale. La tengo, pero no. Se me antoja la mejor forma de calificar a Juan José Sebreli, pero no, no me sale. Estoy afásico: me sé la definición, pero la palabra no me sale. La tengo, quizás logro articularla en algún momento.
Las consabidas maniobras de
victimización y culpabilidades: después de ejercer (o de invitar a otros a
ejercerla) su irresponsable desobediencia y de contagiarse, le echó la culpa al
gobierno.
En un colmo de éxtasis, a Sebreli se le murió Maradona. El ídolo que estaba vivo. Por fin, habrá dicho: era el que descuajeringaba su pulido esquema de ídolos muertos-aborrecidos.
La hago corta, porque me da paja
y porque no vale la pena (pero sería indigno quedarse callado). En 2008, Sebreli
publicó Comediantes y mártires, cuyo subtítulo era “ensayo
contra los mitos”. La preposición “contra”, demarcaba claramente la profundidad
analítica sebreliana. Sin pena ni gloria pasó el libro, como todo lo que ha
escrito desde los años 70 en adelante. El volumen pretendía analizar la
naturaleza de los mayores mitos argentinos. Uno de las secciones estaba
dedicada a Maradona (el único mito viviente tratado en el texto). En un
cotorreo de correcto señor bien, de socio de club de gentlemen, repasa (sin
pudor ante las sucesivas incoherencias) todos los lugares comunes instalados
sobre Maradona. Los repite como un mantra, como si insistiendo pudiera hacerlos
suceder. Lo acusa de burlar la ley, de drogadicto, de inmoral, de mafioso, de
putañero. No conforme con eso, este intelectual reputado, se lanza al vacío y
se dedica a hablar de las dotes de Maradona como jugador: según don Juan José, Diego
Maradona fue un jugador mediocre.
Esto lo escribió en 2008. Han
pasado 12 años.
Noviembre de 2020: Muerto Maradona,
los pejertos de siempre fueron a buscar a Sebreli (y también a su hermana menor,
que es mucho más exitosa, pero que se olvidó la dignidad en el mismo lugar que
él: la Betty Sarlo, que no pudo ser Sarli por culpa de una sola letra, pero que
el alma de vedette la tiene igual).
¿Qué hizo Sebreli, el gran intelectual
argento, con un planeta (y no solamente con el populacho lumpen-negroide de las
villas, como le gustaría a él) conmocionado por la muerte de un Maradona
totalmente deteriorado, sufriente, agonizante desde hacía meses? Como era de
esperarse, básicamente no hizo nada, nada nuevo. Me tomo la libertad de reconstruir mentalmente la escena:
suena el teléfono. Le ofrecen una entrevista radial. Acepta. Mientras espera en
línea (puedo verlo regio, en bata y pantufla), don Juan José repasa rapidito el
capítulo de su libro y cuando lo ponen al aire sale a la cancha con todo, sale
a predicarse a sí mismo, a predicar lo que escribió hace más de una década como
si fuera la palabreja rebelada de la divinidad (habrá pensado: “ya que no lo leyó
ni el editor (hay que decirlo: tiene unos cuantos errores groseros de edición) por lo menos lo
recito en público”).
Y ahí se largó nuevamente, don
Sebreli, a decir que Maradona había sido
un fracasado como jugador, que en Barcelona se lo quisieron sacar de encima,
que su (y cito textual, para que no me acusen de exagerar) “único gol que pasó
a la historia fue festejado por el nacionalismo argentino contra Inglaterra,
fue el famoso gol de la mano de Dios, que fue una trampa” (https://www.clarin.com/politica/juan-jose-sebreli-salio-criticar-maradona-juego-barcelona-relacion-dictadores-mafia-italiana_0_tLi6_A_sz.html)
…¿vale la pena darle cabida a un discurso de la soberbia, un discurso enunciado
desde el púlpito del que sabe todo de todo (incluyendo el fútbol)? Realmente
no. No estoy discutiendo con él (no estoy a su nivel tampoco). Pero me
pregunto, ¿no es penoso que en 12 años no pudiera ni siquiera aclarar conceptos
y corregir el error (grave entre futboleros) de confundir el gol de la mano de
dios y el gol del siglo? ¿nadie pudo orientarlo? Para ponerlo en términos maradonianos:
¿su entorno no podría cuidarlo un poco más? Lo más curioso, y patético, es que le
critica a Maradona su mismo pecado: “No dejó ninguna cuerda por tocar: opinó
sobre todo, cantó, bailó, fue imitador, actor, stripper y hasta escritor”
(201)…del inefable Sebreli, podemos decir, fue hasta comentarista deportivo.
Cuando en la misma entrevista le
preguntaron, además, si frente a la magnitud del dolor ajeno y de los homenajes
que arreciaban por todos lados no le parecía que estaba chapiando un poquito,
él dijo, previsiblemente, que no, porque él ya había escrito sobre estos temas (se
cita a sí mismo como autoridad, don Sebreli) y que su libro había sido premiado
en España: es decir, la validación de su hipótesis sobre los mitos argentinos
proviene de la academia española. A él le gusta hablar de populismo, yo quisiera
que hablemos de colonialismo mental.
Indignado por los reconocimientos
a Maradona en algunas instituciones académicas (al parecer la que más le duele
es la de Oxford y, conste, dejo de lado un comentario con sesgo antisemita al
respecto), Sebreli afirma: “En esta súbita adoración de los jóvenes
universitarios no debería descartarse cierta humorada camp al exhibirse
junto a un personaje kitsch, actitud que recuerda a la juventud dorada de
principios del siglo XX, cuando estaba de moda mostrarse al lado del Negro Raúl”
(188). Y creo que acá se puede apreciar el verdadero componente de toda su
crítica: un problema de clase, un cóctel racista, nacionalista y, obvio,
elitista. El famoso Negro Raúl (del que también se burlaban Borges y Mujica
Lainez en una conversación registrada por María Esther Vázquez) fue un hombre
al que los niños bien (los mismos que, alegremente, fundaron la Liga Patriótica
y que un buen día de 1919 salieron a matar obreros y judíos con la complicidad
del Estado nacional) utilizaban para divertirse. Según se cuenta, al Negro Raúl
lo vestían con ropas elegantes (que ellos ya habían descartado) y lo llevaban a
sus fiestas para emborracharlo, hostilizarlo y burlarse de él. Se sacaban fotos
para exhibirlas como trofeos: “Mirá qué cajetilla, acá estoy posando con un
negro vestido de dandy”. Una vez lo metieron en un cajón de madera y se lo
mandaron a sus amiguitos de La Plata, para que también ellos pudieran
utilizarlo algunos días. Vivía en la calle, en la esquina de Corrientes y
Esmeralda. Murió en un hospital psiquiátrico. Nadie habrá sido condenado por
torturar al pobre hombre: al menos no le reventaron la cabeza a patadas a la
salida de un boliche. Todo muy camp, mucha inocencia y diversión
despreocupada.
Sin embargo, y usando los mismos
argumentos que Sebreli, no se me ocurre peor idea que la de equiparar al
desdichado Negro Raúl con Maradona. Es evidente que más que una comparación objetiva,
se trata de una expresión de deseo: Sebreli no soporta que el Negro Maradona no
se vista con la ropa usada de la limosna de los niñitos bien y que, en lugar de
eso, use la ropa “chillona” de Versace. El lugar que
debería ocupar Maradona es el del otro Negro (y el de todos los negros): el de la sumisión, la marginalidad, la locura (en el mejor de
los casos).



Comentarios
Publicar un comentario