Calambres en el alma
No la voy a caretear, a veces me
ha costado bancarme a Maradona: esa cosa bostera que tenía, yo tan gallina. Qué
insoportable era verlo con la camiseta azul y oro, con la franja de pelo teñido
de amarillo en la cabeza. Toda mi familia es de Boca…yo, porque sí, para
molestar, para llevarles la contra, me hice de River: gracias a ese gesto de
rebeldía (¿maradoniana?) me lo perdí a Maradona durante mucho tiempo.
Aprendí a quererlo, porque estaba
siempre en el lado correcto de las cosas. También me hizo entender que la
bipolaridad, que los pares antinómicos son una deformación de la realidad:
¿cómo odiar al otro equipo si en el otro equipo está Maradona? Forros, no me
hagan eso, me confunden. Por eso es mejor admitir la atracción que ejerce el
lado oscuro, el opuesto, que negarlo de plano: cuando el otro es verdaderamente
el otro, en realidad es también uno mismo. No se lo puede rechazar, no se lo
puede eliminar. Era el mejor y jugaba para el rival. Y tenía un camión. Y usaba
arito. Y tenía tapados de piel. Y le daba truchazos a Cani.
Ahora todos le dicen “el Diego”,
como si lo conocieran del barrio, pero cómo les gustaba darle, paladas y
paladas de mierda, pedazos de…desmemoriados, cómo se reían con la naricita
parada cuando hablaba de sí mismo en tercera persona (especialmente: cómo se
reían de eso en la facultad, no se crean que me olvido), cómo lo culparon de
todo cuando era jugador, cómo lo bardearon cuando fue técnico (¡porque usaba
joggineta! y, de paso, cómo LTA todos todavía hoy).
Siempre les dio de comer. Cuando
estaba bien, cuando estaba mal (calambres en el alma: así me siento).
Me llamo Diego, y eso ha sido
siempre llamarse un poco Maradona: desde
que tengo memoria, cuando me preguntan cómo me llamo y digo mi nombre, no falta
el que recita con los ojitos en éxtasis “Armando Maradona”. Me ha pasado cuando
he viajado, me pasa acá también. No creo que a los que se llaman Jesús, les
completen “de Nazareth” ni a los que se llamen “Ernesto” les tiren un “Che
Guevara”. O al menos no creo que les pase tan asiduamente. En cambio, cuando
decís que te llamás Diego, ahí nomás aparecen los pícaros. Una picardía que no
molesta, por supuesto: ¿a quién le molestaría ser un poquito Maradona? ¿estar
cerca de las Madres y de las Abuelas? ¿ser amigo de Fidel? ¿ser criticado por la
creme de la Moralina Nacional? ¿ser adorado literalmente? ¿A quién
podría joderle? Bueno, sí, conozco a unos cuantos.
“Diego me llamo”
-¡Ehhhh, Diego Maradona!
Maradona es la infancia feliz,
somos mi amigo Jonatan y yo sentados debajo de la mesa del comedor en mi casa, en
el 86. Somos mi viejo, mi hermano y yo gritando desaforados después del
relámpago, que fue ese pase a Caniggia. Es el festejo loco y la simpática
enfermera yankie, todo en el mismo combo. Son las piernas cortadas. Son Dalma y
Gianina. Es mi amigo Ariel, que me cuenta que fue al partido homenaje y yo no
lo puedo creer. Es, de nuevo, el festejo loco, esta vez bajo la lluvia, después
del gol de Palermo en Lima. Es el tema de Los Piojos y esos botines que parecen
de bebé colgando del micrófono.
Hay un gesto que me conmueve, que
lo explica como futbolista pero, sobre todo, como persona: es el mundial de
Sudáfrica, cuando él era el técnico. Perdíamos 2-0. Lo está por poner a Agüero
y los alemanes clavan el tercero. Maradona apoya la cabeza en el hombro del
Kun, parece como si quisiera que lo consolara... Tan lejos de ser técnico, tan
lejos de ser un partido de fútbol.
Me acuerdo el día que se murió
Néstor: yo estaba por hacer pollos a la parrilla. Era el día del Censo. Nunca
más hice pollo. También me acuerdo de otras muertes, menos públicas, más
íntimas, me acuerdo qué hacía cuando me enteré, tengo mis supersticiones al
respecto. Hoy me mandó un audio mi compadre Enrique, cuatro segundos dura:
“Culiado, en Clarín están diciendo que se murió Maradona”. Al rato, el Jonatan (el mismo del 86): “Qué tristeza amigo”. Yo estoy en el sillón, shockeado. No me olvido
más.
Qué se yo. Me dan ganas de
putear. Tampoco voy a decir que fui su mayor admirador, que me bancaba todas
las que hacía. Pero me dan ganas de
putear porque esto es muy triste (hoy es un giorno tristissimo, pero
tristissimo tristissimo. Irreparablemente triste). Me hubiera gustado
conocerlo, eso sí. No era mi ídolo, pero lo admiré muchísimo. Y cuando pude lo
defendí, porque sentía que le debía algo. Y cuando pudo, me dio mucha alegría,
me la dio gratis, porque sí. Y eso tampoco se olvida, nunca.
Por cierto: me llamo Diego, como
Maradona.



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