La experiencia de la ensoñación
Un día mi maestra de cuarto grado citó a mis padres a una reunión.
Eran los años ochenta. En mi casa acababan de forrar todas las paredes del living-comedor con machimbre, porque era la última tendencia de la moda. Y la maestra citó a mis padres en la escuela.
La reunión era un lunes y, me acuerdo muy bien, mi papá y un vecino se pasaron todo el domingo serruchando las tablas para ir colocándolas una junto a la otra en la pared. Tomaban la medida exacta, cortaban, taladraban arriba y abajo, fijaban. Y volvían a empezar. Terminaron de noche y los dos tenían ampollas en los dedos. El barniz quedó para la semana siguiente.
El lunes. La reunión. A la salida. Ella los esperaba en el aula. Me dijeron que me quedara en el patio. La maestra se sentó en su escritorio después de cerrar la puerta y, así, sin anestesia (no olvidar que eran los años ochenta del siglo XX) les dijo: “señor y señora Leborinsky, su hijo César es retrasado, tendrían que mandarlo a una escuela especial”. A mi papá le dolían las manos por las ampollas. Mi mamá empezó a llorar en silencio, una mezcla de pena por mí y de odio por la maestra, que además usaba la palabra retrasado como un insulto.
Francamente, lo que sucede, es que tengo la experiencia de la ensoñación. Y eso, mucha gente no lo entiende, empezando por la maestra Sabrina. Lo que realmente pasa es que, sin saber cómo, ni por qué, de repente se me aparece algún recuerdo y me quedo adentro, como viviéndolo de nuevo, pero no con la imaginación, como suele suceder que funciona la memoria: es literal, todo sucede nuevamente, incluso si el recuerdo no es biográficamente mío. O, también, sucede que me imagino algo que no ha pasado pero esa imaginación se pone tan intensa, tan vívida, que es como si ya estuviera sucediendo. Y mientras tanto el mundo sigue alrededor y yo participo de él, pero de un modo un poco más desprendido, como levitando sobre la realidad.
Ese fue el comienzo de una larga e interminable cadena de malos entendidos. Fue la herencia de la señorita Sabrina.
Pasé de año. Y, como pude, terminé la escuela. Y después la vida siguió.
Según la señorita Sabrina, yo era retrasado. Lo soy, de hecho, según ella (me escribió la semana pasada un mensaje Facebook: “¿Leborinsky seguís siendo retrasado? Sí, seguís”). Sabrina, que es muy segura, y siempre habla sin dudar, y cuando pregunta en realidad es una pregunta de las que llaman retóricas, agrega: “la experiencia de la ensoñación no existe, no de esta manera”. Yo, muchos años después, ahora, me pregunto “Si la ensoñación no existe, ¿por qué existe ese tiempo verbal híbrido que se llama, pomposamente, presente histórico?”. La explicación, pienso (ahora) o pensé (antes) es simple y está llena de dos puntos que contienen otras frases con dos puntos: alguien, alguna vez, en el pasado borroso de la memoria, en ese pasado remoto, indescifrable, en el que alguien equivale a nadie y alguna vez equivale a nunca, entendió que todos vivimos siempre algo que ya fue vivido, que nuestra experiencia nunca es individual: que siempre es colectiva y que nuestra consciencia también lo es, aunque la percibamos como un fenómeno personal: que el presente de los antepasados de nuestros antepasados, era ya su pasado y que su presente sería el pasado para nosotros, los del porvenir: cuando alguien quiso ponerle un nombre a esa forma tan híbrida de relacionarnos con el pasado, la llamó presente histórico, que viene a informarnos, de manera explícita, que todos entendemos o aceptamos o entendimos y aceptamos que al contar una historia, esa historia no es individual, es la de todos, los de antes y los de ahora. Estas cosas pienso, pero quizás sean solo mis delirios de ensoñado.
No quiero desviarme, vuelvo al día en que la señorita Sabrina me diagnosticó el retraso. Ese día a mi padre le duelen las ampollas de las manos. Algunas, de hecho, se han reventado y han soltado un líquido amarillento y tibio: la viscosidad deslizante y el bienestar que en un principio siente, el alivio de la piel repentinamente liberada, no se condice con la cantidad de sustancia expulsada y, por cierto, no predice la molestia (inminente, ahora que se ha reventado la cubierta) del aire inclemente actuando sobre esa porcioncita de carne viva…el aire, el puro aire, que la reseca y la enrojece y la encoge, hasta convertirla en un callo sobre el que lentamente se regenera el tejido. De seguir produciéndose estas lesiones por fricción, acabaría por formarse un callo mucho más duro, como el que mi madre tiene en la parte inferior del tendón de Aquiles, el lugar donde le rozan los zapatos. Como el machimbre no resulta del todo refinado ni se puede lustrar, como sí sucede con otras maderas más nobles (y caras), lo que conviene es darle una pátina con barniz, que es de base aceitosa y que además de brillo, tiene la noble tarea de sellar los poros de las tablas. Las salpicaduras esporádicas de ese producto en la piel herida de las manos, provocará un ardor intenso, y eso vale, sin distingos, tanto para las manos de mi padre como para las de su amigo, el vecino, que el domingo siguiente vuelve para ayudarlo. Durante los próximos veinte años, yo me sentaré, me siento, frente a esas paredes y buscaré, busco, en los nudos del machimbre, figuras antropomorfas. Lo haré (o lo he hecho) durante horas, a tal punto que algunas veces mi hermano se para al frente, cortando la línea imaginaria que une mis ojos con la pared enmachimbrada, y me pregunta si estoy bien o si me puse pelotudo, como dice la maestra Sabrina.
Mamá llora en silencio. Conozco ese llanto. Se lo he visto hacer otras veces. Por ejemplo, se lo he visto cuando un día, no hace mucho, es decir, no mucho antes de la reunión con la señorita Sabrina, mamá me manda a comprar una botella de aceite Cocinero al almacén del callejón. Es cerca de casa, pero las veredas son irregulares y yo, repentinamente, tengo una experiencia de ensoñación en el camino de regreso, me tropiezo y me caigo. La botella es de plástico, no se rompe, pero empieza a perder su contenido, viscoso como el líquido que emana de las ampollas que tiene papá en las manos, esas que le salieron por la fricción con el serrucho (debiste usar guantes, le reprocha mamá justo antes de que la señorita Sabrina los haga pasar, al ver que él se acaricia las llagas). La botella, entonces, empieza a liberar su contenido, pero yo logro llegar a casa y dejarla sobre la mesada de la cocina, donde sigue perdiendo drenando y, de pronto, mamá entiende lo que pasa y el contenido de la botella de Cocinero ya casi se ha perdido entero: y mamá, en lugar de estallar furiosa, hace como la botella de plástico, se pincha y de a poquito el enojo va saliendo, con un llanto calmo, nada feroz, nada salvaje, todo lo contrario, muy domesticado. Es el mismo llanto silencioso que aflora ahora, frente a la maestra Sabrina, un llanto que es como una pinchadura en la botella de aceite que yo he roto al volver del almacén que está en el callejón, a la vuelta de casa. Es el mismo llanto de ahora, de cuando la maestra le dice que soy retrasado.
Mamá y papá no lo saben, he olvidado decírselos, pero no es la primera vez que la maestra Sabrina enuncia su teoría sobre mi retraso. Casi siempre lo dice en el colegio, delante de mis compañeros, con el afán de humillarme. Sin embargo, lo que la incita es justamente lo que me protege: generalmente yo entro en su radar solamente cuando hago algo mal, y eso sucede, casi siempre, cuando tengo una experiencia de ensoñación y, como decía, esa es la paradoja, porque ella comienza largos discursos que terminan en “retardado”, pero yo, francamente, no los recuerdo, porque yo, francamente, estoy reviviendo algún suceso vívidamente o porque estoy imaginando, también vívidamente, y por lo tanto estoy pero no estoy: experiencia de ensoñación. Después, cuando recupero la presencialidad, es decir, cuando acaba la experiencia de ensoñación, algún compañero me cuenta los detalles más cruciales del discurso de la maestra Sabrina. Pero yo no les he contado esas cosas a mis padres, lo he olvidado.
Una vez la maestra nos pide que hagamos mapas de regiones imaginarias. Yo invento mi lugar. Es una isla, donde quiero vivir algún día. Pienso que podría tener un televisor y un reproductor VHS para ver las películas que más gustan: las películas de la infancia, pienso ahora que el tiempo ha pasado, son las películas del resto de la vida, o, quizás, pienso: estas películas que veo ahora, a mis nueve años, son las que voy a querer ver siempre, me voy a enamorar de ellas.
Dibujo el mapa, la porción de tierra (marrón) y un mar (azul furioso) alrededor. Desde arriba se pueden ver las playas (marrón menos oscuro, casi blanco), las palmeras de rigor (triangulitos verdes) y algunos espacios: por ejemplo la sala del TV con el reproductor de VHS donde quiero ver las películas. Yo hago el mapa de la isla y el mapa de la isla es también el mapa del océano que rodea la isla. Cuando terminamos nos ordenan colgarlos en una pared. Debemos ponerle un título y nuestro nombre. La maestra los mira y los va aprobando uno a uno. Al llegar al mío feliz, casi eufórica, grita: “Mapa-pa inventado. De….César Leborinsky…¿escucharon? El compañero no hizo la tarea que pedí: yo pedí que inventaran un mapa y, este compañero que tienen ustedes inventó un Mapapa, así que le voy a tener que bajar la nota”. Mis compañeros ríen, ¿quién no se reiría? Desde ese día, algunos también me apodan Mapapa. Esto tampoco lo saben mis padres.
Las manos doloridas de mi papá, el llanto silencioso de mamá. Ellos salen de la reunión y me piden que los acompañe. Y yo estoy caminando con ellos. Mi hermano y yo. La escuela está vacía. La maestra se ha quedado en aula. Los celadores ya comienzan a ordenar y a limpiar para dejar todo en condiciones hasta el siguiente día, que será martes. Vamos los cuatro caminando, mi hermano habla solo, mamá ya no llora, papá va acariciándome la cabeza. La maestra, ahora, está saliendo del aula. A veces, cuando tengo la experiencia de la ensoñación, recuerdo ese tipo de detalles: un papelito con cintex pegado en el taco del zapato de mamá, un chicle hecho una bolita en un costado de la puerta, una pelusa blanca, que va bajando de un álamo que está cerca de la escuela y que se le posa en la solapa del saco de papá.
Mientras sucede, yo sé que voy a recordar todo eso, dentro de algunos años, cuando ya no esté en la escuela. O quizás, sospecho, como tengo la experiencia, pero la experiencia es tan fuerte, quizás, digo, quizás ya pasaron los años y sigo teniendo la vívida experiencia de ensoñación con el recuerdo del día que la maestra Sabrina les dijo a mis padres que tenían un hijo retrasado o retardado, al que todos le dicen Mapapa porque quiso escribir mapa inventado por César y escribió mapapa, porque quizás sea disléxico: ¿quién escribe mapapa en lugar de mapa? Un disléxico. Y yo voy a recordar a la maestra Sabrina tan vívidamente como ahora, cuando acabamos de salir de la escuela, este lunes, después de la reunión. O, quizás, la estoy recordando ahora, muchos años después, cuando vivo en la isla que dibujé en mi mapapa, aquel día del cuarto grado, cuando nos pidieron inventar un lugar imaginario y yo quise hacerme una isla, a la que titulé involuntariamente mapapa.
El problema es que mientras imagino cómo será ese lugar o mientras estoy en ese lugar y recuerdo vívidamente cómo sucedieron las cosas, la vida sigue alrededor y todos se preguntan si estoy bien o si tengo algún problema serio. Y sin querer, mientras tanto, he escrito (o voy a escribir) mapapa o he pinchado (o pincharé) la botella de aceite. Las mismas películas de la infancia. Pero nadie me pregunta por el presente histórico o, lo que es equivalente o llegará serlo o ya lo fue: la experiencia de la ensoñación.


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