La desdicha de los gomines


Yo heredé mi primera bicicleta cuando tenía seis o siete años. Había sido de mi mamá o de alguno de mis tíos y mi abuelo la había hecho reacondicionar. Era azul y tenía una parrilla.

Junto con la felicidad de la bici, heredé la desdicha de los gomines. Porque podés pinchar, nadie está exento, shit happens, eso dicen. Pero los gomines, ese desperdicio industrial, repentinamente convertidos en guardianes de las válvulas de millones de ruedas de bicicleta…¿cómo algo así llegó a suceder? ¿a quién pudo ocurrírsele tal perversidad? Se resecan, se cortan, se corren. Te joden la vida. Y si no tenés alguno a mano, chaucito. A guardar la bici hasta mañana.

A don José lo conocíamos todos los chicos en el barrio. Le decíamos don José, como si fuera un prócer, pero habrá tenido 40 años. Tenía un tallercito, heredado de su padre, donde arreglaba radios y televisores o, quizás fuera más justo decirlo, donde solamente acumulaba radios y televisores viejos. Los aparatos solían entrar con algún desperfecto y, casi siempre, quedaban ahí sin ser reclamados por sus dueños…y sin ser arreglados jamás por don José. Se acumulaban en pilas inestables, que iban desde el suelo hasta el techo. Todos, religiosamente, tenían adosados un papelito deforme que, según el dueño, era “la orden de reparación”: tal y como constaba en tan formal documento, algunos aparatos languidecían allí, a la espera de sus amos, desde hacía varios años. Juntaban polvo sin que nadie se ocupara de pasarles un plumero. Cada tanto, algún que otro ejemplar desaparecía, se iban en carretelas vendidos como chatarra, y dejaban vacíos algunos espacios para otros “nuevos”, que pronto vendrían a estacionarse allí eternamente.

Independientemente de la atracción siniestra que un lugar así tiene para un chico de seis años, lo que convertía el tallercito de don José en un punto de reunión para los pibes del barrio era que la verdadera pasión de aquel hombre eran las bicicletas. Si uno rodeaba el mostrador y pasaba por el costado de una estantería abarrotada de aparatos, entraba en lo que era propiamente “el taller de reparación”…donde, como sabíamos muy bien unos pocos iniciados, no había ni una herramienta para la reparación de televisores ni de radios.

Las paredes estaban forradas con noticias periodísticas y con recortes de El Gráfico sobre ciclismo. Había algún que otro trofeo y algunos banderines. Sobre una mesa de trabajo muy elemental, había algunas herramientas, algunas cajitas con gomines y rulemanes y cámaras viejas y unas cuantas caramañolas plásticas. Todo el orden que faltaba en la tienda de adelante, sobraba obsesivamente en la sala trasera.

Y allí, en el centro, sobre un brazo de bicicletero, reinaba un Bianchi palteada de aluminio, ¡de nueve velocidades! Impoluta, hermosa, liviana, siempre (pero siempre) inmaculada. La lavaba religiosamente cada día. Cada día desengrasaba la cadena con querosene y después la lubricaba. Cada día lustraba las mazas con una gamuza especial. Cada día comprobaba la presión del aire de las ruedas.  Cada día dedicaba horas, durante la mañana para prepararla antes de salir, y luego dedicaba horas, durante la tarde, para volver a dejarla brillante. También nos ayudaba con nuestras bicicletas, especialmente con los malditos gomines: era tan generoso, seguía siendo tan niño, que no solo nos los regalaba (en la gomería te los cobraban: diez centavos cada uno), sino que él mismo los cambiaba y, empresa imposible, nos inflaba las ruedas con su propio inflador de mano.

Todas las siestas, don José salía a rodar. Generalmente iba hasta el parque para dar vueltas en el lago o, era otra época, encaraba por el costadito del acceso este y le daba hasta que se cansaba. Casi siempre salía solo, menos los domingos, cuando andaba con un pelotón con el que metían una cantidad de kilómetros que eran imposibles de imaginar para nosotros.

En una de esas salidas (o en una carrera, eso sí que no lo recuerdo), a don José lo arrastraron en una rodada y se quebró la clavícula. Como no tenía plata para operarse, además de la larga recuperación, el hombro no le quedó muy bien y ya no pudo entrenar como antes. Engordó un poco y, aunque parezca raro lo que voy a decir, él y su bicicleta empezaron a parecerse a sus televisores. Se los veía polvorientos, estacionados, apagados.

Pasaron muchos años y, como me quedé en el barrio, yo seguí frecuentándolo. Una o dos veces por semana, le caía en el local por la tarde y nos tomábamos unos mates. La bici seguía ahí, arrinconada, y, aunque con menos frecuencia, él la usaba. Ahora era una Bianchi pasadísima de moda, casi una reliquia sin valor, casi casi uno de sus televisores inútiles y pesadísimos. El desorden de adelante, ahora reinaba también en el taller. Las cajitas con repuestos y el resto de las cosas estaban mezclados. Las fotos y los recortes se habían puesto amarillos y ya no habían sido renovados. Don José, también viejo y pasado de moda, seguía siendo generoso conmigo. Ya no me ayudaba con las ruedas de la bici, pero me regalaba su charla.

Un día, al entrar, me lo encontré trabajando sobre la Bianchi, expuesta de nuevo sobre su pie. Embargado por la emoción, antes de saludarme, me contó que se había anotado en una carrera. Yo lo abracé y lo felicité: era la primera vez que se animaba a algo así desde el accidente. Ahora ya andaba, calculo, rozando los setenta y, me pareció, era una buena noticia que en su madurez pudiera amigarse con aquella fuente de felicidad que era la bicicleta. Me preguntó si le daba una mano, si lo acompañaba, si podía conseguir el auto para llevarlo: la carrera era en el Manzano Histórico.

A la hora de largar, estaba exultante. Había rejuvenecido y volvía a ser el don José joven, entusiasta. Pero la vida, a veces, se comporta como un ser perturbado. Largó bien, iba parejo con sus antiguos compañeros, que no lograban entender cómo después de tantos años y con una bici tan obsoleta, aquel hombre les podía seguir el ritmo. Era especial y, en otras condiciones, habría llegado a ser una estrella.

Yo me quedé en la línea de llegada. Quería que me viera y que supiera cuánto me alegraba. Quería gritarle y correr a abrazarlo apenas cruzara la meta. Pero empezaron a llegar todos los corredores y don José no aparecía. Cuando llegaron los rezagados, yo ya estaba exageradamente preocupado. Le pregunté a algunos conocidos si no lo habían visto y la respuesta era que no. Nadie sabía nada. Mientras hacían la ceremonia de premiación Sánchez, un viejo compañero de ruta de don José, me prestó su bicicleta para que lo buscara. Me puse la botamanga del pantalón por debajo de la media, como me había enseñado él mismo, y encaré por el circuito en contramano. Habré andado unos setecientos u ochocientos metros y lo vi. 

Venía caminando, con la bicicleta al costado. Cuando llegué cerca me dijo que se había quedado en llanta en el medio y que se había caído pero que no se había lastimado. Dijo que no tenía cámara de repuesto y que nadie paró y que por eso había seguido caminando. Que lo perdonara por asustarme, dijo, que estaba cansado:

- Fulero llegar a viejo, pibe. La vida se pone complicada – eso fue lo que realmente dijo, mientras caminábamos juntos, de regreso a la línea de llegada con su fiesta de premiación. Como con una dulce resignación, remató- Se me rajó el gomín, pibe.

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