Ese montón de chapas que languidece al sol soy yo, aprendiendo a manejar hace 15 años. La libertad del sol y de la ruta detrás del parabrisas, la loca idea de que la felicidad y el destino eran la misma montaña (y de que se llegaba a ellos sobre las ruedas del 505). Es la revancha en la cara de mi viejo el día que lo compró y lo estacionó orgullosamente frente a nuestra casa: "se acabó la malaria", parecía que me decía.
Es, cuándo no, otra prueba de la fragilidad.

Esas chapas duras ("qué autos, los autos de antes...") son un baúl amplio pero siempre vacío.
Son una curva peligrosa y mal señalizada cuando el sol te da de frente. Y llegan justo cuando sentías que la parte difícil del camino había pasado y comenzabas a relajarte.
(13/09/2014)
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