El tuerto
Cuando era chico me ponía muy
nervioso cuando me encontraba con personas que tuvieran algún tipo de tic
facial. Contracciones musculares, parpadeos exagerados, estiramientos
compulsivos en las comisuras de los labios. Sentía, mi eterna y paranoica
inseguridad, que esos gestos siniestros me iban dirigidos a mí. Racionalmente,
por supuesto, trataba de asegurarme que no era así, que no podía ser así y de a
poco iba calmándome. Pero apenas me tocaba nuevamente ver cualquiera de
aquellos reflejos, una guiñada o un beso volador, me sonrojaba y asumía que de
algún modo me estaban dando un mensaje inquietante o, peor aún, que estaba
participando de un juego de seducción cuyas reglas desconocía (y cuyas
consecuencias, también ignoradas, me aterraban).
Ahora lo sé, porque soy grande y
tengo el título bajo el brazo. Ahora lo sé, porque soy racional y superé mis
complejos. Ahora lo sé, porque he participado en los juegos de seducción (cuyas
reglas existen y están escritas, pero todos ignoramos). Ahora lo sé, porque pude
consultar algunos libros donde lo ponían (y si lo ponían en los libros, tiene
que ser cierto).
Ahora lo sé: todos esos gestos,
son mensajes.
De dónde vienen, lo ignoro. Qué
significan, también lo ignoro.
Pero Alguien los dirige. Alguien
cruza nuestros destinos para decirnos, por interpósita persona, que anda dando
vueltas por ahí. Que no se ha ido del todo. Que sigue perdido en este infierno
de asfalto poceado y de semáforos no sincronizados y de acequias atiborradas de
podredumbre, en donde una gesticulación humana (mientras más grotesca y más
siniestra, mejor) sigue siendo un vínculo, un nudo que no se desata. Una
eternidad de tiempo y de distancia que se desbarata.
05/09/2014


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