30.000 de marzo del año 44
Un efecto conocido del encierro es la desorientación en el tiempo.
Un ejemplo. En Los pichiciegos de Fogwill, los pichis, encerrados y aislados en la pichicera, discuten varias veces acerca del día de la semana:
—¡Pipo! —gritó el marino desde la chimenea—. ¿No te harás vos la paja cerca de la comida? ¿No…?
Era la primera vez en varios días que se lo sentía hablar.
—¿No te habías muerto vos? —preguntaba, lejana, la voz de Pipo—. ¡Ni hablabas desde el lunes!
—¿Qué lunes? ¿Qué día es hoy? —preguntaba el marino.
—Ha de ser miércoles…
—No, jueves es —dijo Luciani.
—Ves… ¡no hablabas desde el lunes! —gritaba Pipo.
—Estoy jodido —decía el marino—, creo que me voy a morir.
No saber la fecha o el día los angustia mucho, no es un daño menor, porque deshumaniza, los convierte en un pichiciego: aunque en la novela ser un pichiciego sea, obviamente, un acto de resistencia, en realidad lo que cuenta es cómo y por qué han llegado a esa situación de animalidad.
Otro ejemplo, este de Dos veces junio de Martín Kohan. El protagonista, un conscripto, es obligado a acompañar a su superior al centro de detención conocido como El Pozo de Quilmes. Mientras aguarda que el superior termine su recorrida, se acerca a la puerta de una de las celdas. Una detenida-desaparecida le habla e intenta convencerlo para que denuncie la situación:
«Yo no sé dónde estamos», me dijo, «pero vos sabés». Me preguntó qué fecha era: qué mes, qué día. Me pidió por el hijo y por los compañeros. Me dijo: «Vos no sos uno de ellos». Me dijo que podía ayudarlos sin correr ningún peligro. Me dijo: «No ves lo que está pasando». Me repitió los nombres y el número que empezaba en cuarenta y ocho. Me dijo que si el abogado sabía podía intentar algo. Me dijo que esa noche yo iba a soñar con las cosas que me había contado.
«Eso es lo que vos creés», le dije. «Eso es lo que vos creés.» Por alguna razón, que desconozco, yo también estaba hablando en voz baja.
En definitiva, no saber la fecha es estar fuera de la convención más universal que existe, la del calendario.
En estos días de cuarentena, son recurrentes las confusiones y los olvidos. Todos caminamos por nuestras casas pensando que es domingo, pero domingo fue ayer o domingo es mañana. Estamos a fines de marzo ¿o ya es abril?
Para algunos la confusión aumenta porque, justo hoy, es una fecha que podría escribirse de muchas maneras diferentes
Hoy es 24 de marzo de 2020, pero hoy también es 30.000 de marzo del año 44.
Y no importa cómo la escribamos.
Lo importante es no olvidar, nunca más.
***
Un objetivo primordial en el ejercicio del poder autoritario consiste en hacer que gran parte de la población olvide sus propias experiencias y pueda justificar, incluso de buena fe, el punto de vista del opresor.
La definición del concepto de genocidio incluye, acertadamente, los intentos de los genocidas por borrar las huellas de sus acciones. El genocidio se constituye como tal a partir de la masacre, pero también de la negación. A la víctima se le quita incluso eso: su calidad de víctima.
Ahora bien, el asesinato masivo en sí puede realizarse con un número relativamente limitado de medios y de participantes. La negación, en cambio, exige pasar a una etapa superior de complicidades: que, frente a la evidencia de la masacre (o, en un sentido leviniano, frente a la evidencia que la ausencia de evidencia configura), cientos de miles no quieran creer en su legitimidad y prefieran optar por el relato normativo del poder ejecutor.
Imaginar que una sociedad que no escucha los testimonios de los sobrevivientes, que no los acepta y que, finalmente, no pide disculpas a sus propias víctimas puede seguir adelante, es parte del artefacto ideológico nefasto que heredamos de los genocidas. Vivimos en democracia, sí, y una democracia valiente que ha logrado aplicar justicia a los principales culpables. Sin embargo, será una democracia deforme, en loop, inoperante en muchos sentidos, hasta que no sean castigadas las narrativas negacionistas: decir que el genocidio no ocurrió no es una opinión, es un delito que forma parte de la misma máquina que asesinó, secuestró, desapareció.
Negar y relativizar un genocidio es, sin lugar a dudas, una de sus manifestaciones más dolorosas y uno de los efectos más devastadores de la colonización de la conciencia popular. Lograr que un enorme número de ciudadanos encuentre factible (y hasta gracioso) repetir consignas como “no fue un genocidio, fue una guerra” o “no fueron 30000, fueron 8000 (y el resto está en Europa)”, no es solamente avalar una aberración histórica: es allanar el camino para un nuevo genocidio.
Un ejemplo. En Los pichiciegos de Fogwill, los pichis, encerrados y aislados en la pichicera, discuten varias veces acerca del día de la semana:
—¡Pipo! —gritó el marino desde la chimenea—. ¿No te harás vos la paja cerca de la comida? ¿No…?
Era la primera vez en varios días que se lo sentía hablar.
—¿No te habías muerto vos? —preguntaba, lejana, la voz de Pipo—. ¡Ni hablabas desde el lunes!
—¿Qué lunes? ¿Qué día es hoy? —preguntaba el marino.
—Ha de ser miércoles…
—No, jueves es —dijo Luciani.
—Ves… ¡no hablabas desde el lunes! —gritaba Pipo.
—Estoy jodido —decía el marino—, creo que me voy a morir.
No saber la fecha o el día los angustia mucho, no es un daño menor, porque deshumaniza, los convierte en un pichiciego: aunque en la novela ser un pichiciego sea, obviamente, un acto de resistencia, en realidad lo que cuenta es cómo y por qué han llegado a esa situación de animalidad.
Otro ejemplo, este de Dos veces junio de Martín Kohan. El protagonista, un conscripto, es obligado a acompañar a su superior al centro de detención conocido como El Pozo de Quilmes. Mientras aguarda que el superior termine su recorrida, se acerca a la puerta de una de las celdas. Una detenida-desaparecida le habla e intenta convencerlo para que denuncie la situación:
«Yo no sé dónde estamos», me dijo, «pero vos sabés». Me preguntó qué fecha era: qué mes, qué día. Me pidió por el hijo y por los compañeros. Me dijo: «Vos no sos uno de ellos». Me dijo que podía ayudarlos sin correr ningún peligro. Me dijo: «No ves lo que está pasando». Me repitió los nombres y el número que empezaba en cuarenta y ocho. Me dijo que si el abogado sabía podía intentar algo. Me dijo que esa noche yo iba a soñar con las cosas que me había contado.
«Eso es lo que vos creés», le dije. «Eso es lo que vos creés.» Por alguna razón, que desconozco, yo también estaba hablando en voz baja.
En definitiva, no saber la fecha es estar fuera de la convención más universal que existe, la del calendario.
En estos días de cuarentena, son recurrentes las confusiones y los olvidos. Todos caminamos por nuestras casas pensando que es domingo, pero domingo fue ayer o domingo es mañana. Estamos a fines de marzo ¿o ya es abril?
Para algunos la confusión aumenta porque, justo hoy, es una fecha que podría escribirse de muchas maneras diferentes
Hoy es 24 de marzo de 2020, pero hoy también es 30.000 de marzo del año 44.
Y no importa cómo la escribamos.
Lo importante es no olvidar, nunca más.
***
Un objetivo primordial en el ejercicio del poder autoritario consiste en hacer que gran parte de la población olvide sus propias experiencias y pueda justificar, incluso de buena fe, el punto de vista del opresor.
La definición del concepto de genocidio incluye, acertadamente, los intentos de los genocidas por borrar las huellas de sus acciones. El genocidio se constituye como tal a partir de la masacre, pero también de la negación. A la víctima se le quita incluso eso: su calidad de víctima.
Ahora bien, el asesinato masivo en sí puede realizarse con un número relativamente limitado de medios y de participantes. La negación, en cambio, exige pasar a una etapa superior de complicidades: que, frente a la evidencia de la masacre (o, en un sentido leviniano, frente a la evidencia que la ausencia de evidencia configura), cientos de miles no quieran creer en su legitimidad y prefieran optar por el relato normativo del poder ejecutor.
Imaginar que una sociedad que no escucha los testimonios de los sobrevivientes, que no los acepta y que, finalmente, no pide disculpas a sus propias víctimas puede seguir adelante, es parte del artefacto ideológico nefasto que heredamos de los genocidas. Vivimos en democracia, sí, y una democracia valiente que ha logrado aplicar justicia a los principales culpables. Sin embargo, será una democracia deforme, en loop, inoperante en muchos sentidos, hasta que no sean castigadas las narrativas negacionistas: decir que el genocidio no ocurrió no es una opinión, es un delito que forma parte de la misma máquina que asesinó, secuestró, desapareció.
Negar y relativizar un genocidio es, sin lugar a dudas, una de sus manifestaciones más dolorosas y uno de los efectos más devastadores de la colonización de la conciencia popular. Lograr que un enorme número de ciudadanos encuentre factible (y hasta gracioso) repetir consignas como “no fue un genocidio, fue una guerra” o “no fueron 30000, fueron 8000 (y el resto está en Europa)”, no es solamente avalar una aberración histórica: es allanar el camino para un nuevo genocidio.


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