Tantos orgasmos

Habitualmente la teoría literaria se refiere al momento de mayor “intensidad” de una obra literaria (generalmente un cuento) como el clímax. La tétrica terminología taxidérmica habla de Introducción, nudo-clímax y desenlace.

Siempre encontré paradójico, brutal y gracioso que instituciones (y por institución entiendo también a personas que ocupan el rol de autoridad: o sea, dispositivos de reproducción ideológica…otra vez la función reproductiva) generalmente conservadoras utilizaran lenguaje tan obsceno para tratar de momificar un cuento. Tratemos de poner en palabras la descripción de cada momento:
Introducción o calentamiento: los amantes comienzan el proceso de reconocimiento. Lentamente se produce la seducción.
Nudo: ya convencidos de lo que hacen, los amantes se las ingenian para enredarse, a veces en el colchón, otras en el suelo o en lugares menos cómodos: baño, cocina, piscina, intemperie salvaje, sala de espera, lavarropas, mesada.
Clímax: la acumulación hormonal y la aceleración sanguínea permiten alcanzar el orgasmo. Generalmente se trata de un elemento sorpresa o, por el contrario, largamente anunciado en el que el amante humano es alcanzado por el efecto eyaculador (puede ser la clásica eyaculación peneana o la subversiva vaginal) del texto.
Desenlace: en este momento no queda más que desanudar los cuerpos y dedicarse al delicado proceso de la separación.
Si la terminología analizada fuera la adecuada, entonces descriptores tales como la vibración, la viscosidad, el cansancio, la energía, la molicie resultante, el calor o el frío, etc. serían los caminos adecuados y más precisos para medir la efectividad del encuentro. Es ahí cuando las instituciones/dispositivos fallan. El efecto literario nunca se expresa en estos términos: “me dejaste todo pegajoso/a”, “no puedo parar de tiritar”, “me partiste al medio, papi”, “me acuerdo de aquello y acabo otra vez”, “te leí y fue como tener un tronco adentro”, “nunca nadie me montó con tanta fuerza”, “terminé rápido porque me calenté demasiado”, etc.
La realidad es que la teoría literaria se imagina a sí misma, a nivel lingüístico, como una especie de máquina de follar que a la hora de los bifes aparece con un regio cinturón de castidad medieval. El puro deseo perverso que se autoprofilaxiza para evitar no las enfermedades venéreas, sino el placer. De ahí, además, las espantosas teorías de la pasividad del lector: todas señoras que se calientan pensando pero nunca actuando, todos machos que no se bancan el deseo del pito ajeno en la boca o en el culo (ni siquiera soportan el pinchazo de la barba).

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